El oso y la gaviota
Edición del 16 / 08 / 2018
                       
15/05/2018 07:04 hs

los padres cambiamos los finales de los cuentos clásicos por ser violentos

- 15/05/2018 07:04 hs
Es difícil encontrar un cuento infantil clásico en el que alguien no acabe devorado como Caperucita, el lobo de Los tres cerditos o El Hombre de jengibre.
Un estudio acaba de poner cifras a lo que muchos padres hacemos: cambiar el final o algunas partes de la historia por considerarlos inadecuados o demasiado crueles para nuestros hijos pequeños.

Además de que los finales de muchas estas historias se parecen mucho a una película de terror (y esta no es la mejor manera de mandar los niños a la cama), también se presentan valores que no van acordes con nuestra manera de criar.

El lobo ya no se come a Caperucita
El estudio, realizado por la app musicMagpie, se realizó entre 2.000 padres, que confesaron permitirse ciertas licencias literarias en una de cada cuatro historias que contaban a sus hijos para adaptarlas a sus propias creencias e ideología o, simplemente, para no aterrorizar a sus pequeños. Un 16% afirmó haber eliminado por completo las historias clásicas de la estantería de los niños.
Y es que, aunque estas historias suelen empezar bien, por ejemplo, con la inocente Caperucita paseando por el bosque en busca de su abuelita, normalmente la cosa termina poniéndose fea: la niña es devorada por el lobo y consigue escapar cuando el cazador le corta la tripa con un hacha. Del mismo modo, los tres cerditos se despiden matando a un lobo y comiéndoselo. Es normal que los padres tendamos a suavizar estos finales crueles y terroríficos.

Políticamente incorrectos
Además de parecer una película de terror, los cuentos tradicionales también están plagados de conductas machistas, discriminatorias o que no encajan con los valores familiares que queremos trasladar a nuestros hijos.

Por ejemplo, Cenicienta siendo obligada por su madrastra a hacer todas las tareas domésticas o el beso que el príncipe dio a La bella durmiente sin su consentimiento (puesto que, como su propio nombre indica, estaba durmiendo), son consideradas inapropiadas por algunos padres. Otros encuentran que la historia de Pinocho incita a los niños a mentir, que Robin Hood no es un buen modelo a seguir porque es un ladrón, o que El patito feo es un claro ejemplo de acoso y discriminación, ya que el pobre animal solo consigue que le dejen en paz cuando se convierte en un cisne.

"Algunas de estas historias han existido durante generaciones y muchas de ellas nos las han leído a los que ahora somos padres", explica Liam Howley, directora de marketing de musicMagpie, "pero los tiempos han cambiado y hay muchos elementos en estos cuentos clásicos que para algunos no encajan en la sociedad como lo hacían antes", añade.

Los 10 cuentos que los padres cambiamos más frecuentemente cuando se los contamos a nuestros hijos son:

Caperucita
Los tres cerditos
El hombre de jengibre
Hansel y Gretel
El patito feo
Blancanieves y los siete enanitos
La bella y la bestia
Cenicienta
Jack y las habichuelas mágicas
Pinocho


Disney ya lo había hecho
Aunque los padres de medio mundo edulcoremos el cuento de buenas noches a nuestros peques, Disney nos lleva la delantera y lleva décadas dulcificando los cuentos populares. Las versiones originales de la mayoría de las historias clásicas son todavía más crueles y políticamente incorrectas.

Por ejemplo, en la versión original de La bella durmiente del escritor italiano Giambattista Basile, escrita en el siglo XVII, la protagonista dio a luz a varios hijos del rey estando dormida. En el cuento de Cenicienta de los hermanos Grimm, la reina era caníbal. La sirenita Ariel, de Hans Christian Andersen, no sólo perdió la voz, sino que su transformación en una forma humana le provocó un tremendo dolor que al final no sirvió para nada, pues el príncipe se casa con otra y ella es condenada a fundirse en la espuma del mar.
Para los padres a los que no se les de bien improvisar finales, existe una versión adaptada de los cuentos clásicos que se llama Cuentos infantiles políticamente correctos.

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