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17/01/2017 08:37 hs

El pie de 50 dólares que salvó a un millón de indios

Internacionales - 17/01/2017 08:37 hs
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La prótesis más barata del mundo se fabrica en una clínica de Japiur, en India.
Un lugar de peregrinación para víctimas de accidentes o de la polio y leprosos sin recursos que sueñan con volver a caminar. Para ellos es gratis.

Varios hombres esperan sentados en una fila de sillas metálicas sin hacer mucho más que mirar lo que tienen enfrente. Pasan las horas en silencio o comentando con su vecino el motivo que les ha traído hasta aquí. Otros dan paseos de una pared a otra. Lo hacen solos, con cuidado, o acompañados por un familiar. Y a unos pocos se les iluminan los ojos cuando son llamados por algún empleado que les va a atender, provocando esa efímera ilusión que le brota a uno cuando le llega el turno en una sala de espera.
Todos ellos tienen en común tres cosas. Les falta, por lo menos, una extremidad: la pierna izquierda, la derecha, las dos. Además, ninguno fue bendecido con el don de la riqueza. Y a pesar de eso, todos tienen un único deseo: volver a caminar como antes. Están empeñados en conseguirlo. Han venido al sitio indicado.
La sede de la organización Bhagwan Mahaveer Viklang Sahayata Samiti (BMVSS) en Jaipur, capital de Rajastán, recibe a tullidos de toda India con pocos recursos y muchas esperanzas. Aquí nació la prótesis más barata del mundo, que se otorga de forma gratuita a todo aquel que quiera andar de nuevo y no pueda costearse una pierna de titanio.
«Una vez llegas aquí, estás libre de preocupaciones», nos dice Rajnish Bagani, el encargado de registrar a los pacientes. «Nosotros nos ocupamos de todo y no pagas nada». Este hombre, que vive su trabajo con una pasión desbordante, asegura que cada día aparece casi medio centenar de mutilados. Como si hablase de un hotel que recibe turistas, afirma que el verano no es temporada alta porque con el monzón la gente se desplaza menos. En la época seca se presentan unos 1.200 al mes. «Vienen con lágrimas y salen con amor», comenta Rajnish emocionado.
Rakesh Rajput todavía está en la fase de lágrimas mientras su hijo Vikash hace todo lo posible para que llegue a la del amor. El padre, un agricultor de 51 años nacido en Uttar Pradesh, perdió la pierna derecha casi entera después de que se le cayese la moto encima. No ha podido andar desde entonces. Hoy estrena su nueva prótesis, así que se pasa el día practicando en un pasillo entre dos barras. Se mira en el espejo que hay al final del camino y se ve raro con esa pierna. Más raro se veía sin ella. Le cuesta mucho andar, cae sobre el lado izquierdo, el bueno, ante la constante mirada de su hijo, que le insiste: «Despacio, despacio». Rakesh confía en volver a labrar el campo cuando se acostumbre a su nueva pierna. Dada su ausencia, se ocupan de la cosecha tres de sus cinco hijos, que ganan al mes unas 6.000 rupias (80 euros) cultivando trigo y arroz. El que hoy le acompaña en la clínica cuenta que su padre tiene un carácter muy rudo, pero está seguro de que lo acabará consiguiendo. «Él me enseñó a andar a mí y ahora yo a él», dice con una sonrisa.
CUATRO HORAS
Desde 1975 hasta hoy, BMVSS ha creado 513.800 prótesis, 410.000 calibradores de polio y otros miles de correctores para diferentes anomalías en las extremidades. Leprosos, amputados por accidentes laborales o de tráfico, personas con las piernas atrofiadas por la poliomielitis o pacientes con enfermedades congénitas han recuperado su vida gracias a estas piezas ortopédicas. Todos llegan a alguno de los 24 centros que BMVSS tiene en India apoyados en muletas, en sillas de ruedas o reptando como serpientes. De allí salen caminando.

El éxito de esta prótesis, conocida como el Pie de Jaipur, se debe a que se ajusta perfectamente a las condiciones de India. Está hecha con caucho, un material barato y abundante en este país. Su forma de pie, no de zapato, facilita la vida del agricultor que trabaja bajo la lluvia, del creyente que debe acudir al templo descalzo y de todo aquel que, como es habitual en esta región, descansa en posición de cuclillas y utiliza retretes sin asiento.
El pie está compuesto por tres partes de goma y una interior de madera que hace de talón y tobillo. Tras pasar por un horno a más de 200 grados, el molde se encaja en una pierna artificial de polietileno de alta densidad (HDPE). Este material pesa poco, tiene gran resistencia y aguanta los cambios climáticos. Cada prótesis se hace a medida el día que llega el paciente. Se fabrica en unas cuatro horas y tiene una vida de hasta cinco años, dependiendo del uso que se le dé. Con el duro trabajo en los cultivos, los campesinos desgastan mucho más las prótesis y suelen venir a arreglarlas o sustituirlas una vez al año.
«Hemos ido mejorando el pie. Antes valía 20 euros producirlo, ahora casi 50. Es más manejable para el paciente, aunque la esencia es la misma», cuenta Abhishek Tripathi, un ortopeda de la organización. Para las amputaciones que llegan al muslo, en BMVSS crearon en 2009 la Rodilla de Jaipur, una articulación policéntrica que la revista Time calificó como uno de los mejores inventos del año. Su fabricación asciende a unos 100 euros, pero sigue lejos de los miles que cuestan las prótesis occidentales. A la espera de que nazca la Mano de Jaipur flexible, distribuyen prótesis rígidas a quienes han perdido sus brazos. El último invento: piezas ortopédicas para animales amputados.
La producción principal tiene lugar en la sede de Rajastán, aunque también fabrican en un consultorio de Delhi. Por eso el sitio más que una clínica es una gran carpintería en la que decenas de artesanos pulen 20.000 extremidades al año. El suelo del taller está lleno de serrín, trozos de goma o restos de pies que no salieron como debían. A los pacientes se les toman las medidas y esperan.
«Los que son antiguos pacientes vienen y se van el mismo día», afirma Tripathi. «Para los nuevos hacen falta algunas jornadas de entrenamiento, ayuda de fisioterapeutas y, a veces, el apoyo de psicólogos para afrontar el trauma. Esto ocurre sobre todo con quienes han perdido manos o brazos porque eso genera más carga emocional».
Sukha Lal ha viajado desde la ciudad de Bhilwara para reparar sus dos piernas. Camina con plena confianza, con una seguridad pasmosa. Si no te lo dice, ni te enteras de que lleva prótesis. Hace 32 años se cayó del tren y perdió sus dos miembros. «No siento ningún dolor, ando perfectamente y puedo trabajar vendiendo comida», cuenta el hombre, de 50 años, que ha vivido más con prótesis que con piernas de carne y hueso. Está habituado a venir cada año y medio a que se las arreglen. No le importa. Puede andar y con eso le basta.
El Pie de Jaipur, que no está patentado, nació de las manos del doctor Pramod Karan Sethi, especialista en ortopedias, y del artesano Ram Chandra Sharma, que trabajaba con leprosos. En 1969, habiendo visto las pésimas prótesis que existían, crearon ésta de alta calidad y bajo coste.

Ese año Devendra Raj Mehta, un funcionario del estado de Rajastán, se rompió la pierna por más de 40 sitios. «Los médicos me la querían cortar, pero me dieron una segunda oportunidad», recuerda hoy en su despacho. Durante su prolongada estancia en el hospital, el burócrata comprobó cuántos lisiados habitan en su país y cómo eran atendidos. Aquello le causó tal conmoción que sintió que debía hacer algo. Así que seis años después fundó la organización BMVSS y levantó la clínica en la capital de Rajastán con un único objetivo: repartir de forma gratuita entre los más pobres de India estas piernas artificiales. Regalarles una segunda oportunidad.
Tras el éxito cosechado en India, el Pie de Jaipur cruzó fronteras y aterrizó en países azotados por conflictos y desastres naturales en Asia, África y Latinoamérica. «Trabajamos en los lugares más sangrientos del mundo», afirma Mehta, cuya organización ha realizado campañas temporales en 27 naciones. «Para esos campamentos necesitamos patrocinadores locales», explica. La prótesis de los pobres ha llegado a los vecinos de Bangladesh, a los mutilados de Sri Lanka e Indonesia, a quienes pisaron minas en Camboya o a aquellos que viven la violencia diaria de Afganistán, Iraq, Honduras o Sudán.
BMVSS cuenta con un presupuesto de dos millones de euros gracias a donaciones de particulares, fundaciones y empresas, si bien un tercio del total viene de subvenciones del gobierno. Entre sus socios se encuentran la Universidad de Stanford y el MIT en Estados Unidos, o el Instituto de Ciencias Médicas de India y el Instituto Nacional de Tecnología, dos pilares de la investigación en India. V.R. Mehta, hermano del fundador, opina que esto debería ser una función del Estado, no de una organización independiente, pero cree que no tiene los recursos suficientes para afrontar tal misión: «Podría hacer más, nosotros se lo recordamos constantemente».
V.R. Mehta, que lleva la oficina de BMVSS en Delhi, quiere llegar más lejos con todo esto. «Si tuviéramos más recursos podríamos acercarnos más a la gente y así no tendría que venir hasta aquí. Eso para las zonas rurales sería fundamental», lamenta.
India, donde más de la mitad de la población depende de la agricultura, es el hogar del mayor número de pobres del mundo. Cientos de millones de personas viven bajo el umbral de la pobreza. La electricidad cada vez llega a más casas, pero las infraestructuras de transporte y el acceso a servicios sanitarios básicos siguen lejos de los de un país desarrollado.
Según el censo de 2011, unos siete millones de indios sufren discapacidades del aparato locomotor, aunque nadie duda de que la cifra real es mayor. India ya es un país libre de polio, pero en los 80 tenía más de 20.000 casos anuales. Personas que todavía sufren la enfermedad requieren correctores para sus débiles piernas.
No obstante la mayoría de lisiados que llegan a BMVSS en busca de este pie milagroso acuden después de haber perdido el suyo en la carretera. Sólo el año pasado en India murieron 146.000 personas y otras 500.000 resultaron heridas en medio millón de accidentes de tráfico. Es decir: 1.300 choques cada día.
Algunas de ellas pueden recuperar su vida gracias al Pie de Jaipur. Como Vinod Rawat, de 41 años, que de niño se quedó sin pierna izquierda. Volvía del colegio cuando un camión, conducido por un borracho, se lo llevó por delante. Sus padres no podían pagarle un tratamiento de recuperación, así que se la amputaron. A los pocos años, sintiéndose una carga en la familia, decidió abandonar su casa y se fue a vivir a la calle. Allí se juntó con pandilleros, se metió en líos, y acabó entre rejas. Hasta que una organización cristiana le «salvó». «Le pedí a Dios un favor: volver a andar sin muletas», cuenta.

Dios debió de concedérselo porque poco después conoció el Pie de Jaipur y vino a por uno. «No me lo creía. Llegué por la mañana y salí por la tarde sin muletas. No he vuelto a tocar una, las quiero lejos». En ese momento, Vinod empezó a cumplir sus sueños. Ahora es motero, hace escalada, corre maratones, actúa en anuncios publicitarios con famosos. Y, sobre todo, luce su prótesis con orgullo. «Antes era feo, me sentía discapacitado. Ahora digo: 'No, soy guapo, soy normal' y la sociedad me respeta. Cada año intento ponerme retos nuevos. La vida son retos y más aún en India», sentencia.
Porque en esta clínica no sólo se devuelve la movilidad a la gente. También su dignidad. «Muchas de estas personas son repudiadas en su trabajo o en sus familias. Ese rechazo es peor que no poder caminar», afirma Mehta, el fundador de la organización. Así se siente Urmala Devi, una mujer de Bihar que lleva una prótesis en la pierna derecha. Ella trabaja en casa y atiende a sus dos hijos, mientras su marido conduce un rickshaw (bicitaxi) para traer algún ingreso a casa. Tardó en acostumbrarse al aparato postizo, pero ya no se lo quita nunca. «Cuando perdí la pierna pensé que sería el fin de mi vida. Ahora pienso que soy una persona normal, como tú, porque puedo hacer las mismas cosas», concluye antes de abandonar el centro.
Caminando, claro.

El Mundo 

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