Tiempo, arena en mis manos
Edición del 16 / 10 / 2019
                       
20/09/2019 10:43 hs

El hijo bastardo de Colón se adelantó 500 años a Google Books

Internacionales - 20/09/2019 10:43 hs
Hernando Colón intentó superar los méritos de su padre -del que fue su mayor biógrafo- con la creación de una biblioteca universal.
LV16.com | Hernando Colón

Los ojos ya casi ni descifraban lo escrito, señal inequívoca de que estaba listo para morir. Al fin, la peregrinación había acabado. Tantos años en busca de un libro... Pero no de uno cualquiera, sino del catálogo de catálogos. La biblioteca, "ilimitada y periódica", estaba construida. De hecho "si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección", concluía Borges el cuento, "comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden)".

Para Edward Wilson-Lee, La biblioteca de Babel se trata de una broma cruel: ¿¡cómo ordenar una biblioteca infinita!? Ah, el Orden... Otra cosa, claro está, es recolectar en los estertores del medievo una copia de cada libro escrito sobre la faz de la tierra. O al menos, intentarlo, para erigir después una especie de biblioteca universal. Una ambiciosa herramienta concebida para comprender los cambios trascendentales de una época. Eso, defiende el historiador, ya no solo no es imposible, sino que fue lo que procuró, con un éxito interpretable, Hernando Colón (Córdoba, 1488). Una tarea factible, dice, pero, ay, desalentadora.

En Memorial de los libros naufragados (Ariel), Wilson-Lee narra la ¿ingrata? odisea de cómo Colón quiso aprovechar el maremoto de la imprenta para reunir el mundo de los libros y, adelantándose más de 500 años al Google Books, forjar una suerte de motor de búsqueda rudimentario donde navegar y consultar cualquier obra escrita o dibujada. En vida atesoró más de 15.000 documentos, entre copias e incunables: 4.000 de esos volúmenes están a disposición del interesado hoy en la Biblioteca Colombina, sita en la catedral de Sevilla. Pero, y he aquí la mayor trascendencia de su cometido, Hernando clasificó más de 3.000 libros financiando un ejército de lectores que le resumía y ordenaba absolutamente cada obra, ora un best seller, ora el folletín que imprimía el loco del bajo. Un inventario tan finito como inabarcable para solo dos manos, estructurado por temas y organizado alfabéticamente, en el que incluso se anotaba el precio o dónde se habían adquirido. Un hito de la época con el que, sin percatarse, casi rompe con el paradigma de la información tras admitir que una biblioteca sin orden no es más que una biblioteca muerta.

"Tuvo una visión de cómo cambiaría el conocimiento, en lugar de cambiarlo él mismo", aporta Wilson-Lee. Colón era un extemporáneo, un visionario atento que huía de la sensación de amenaza que suponía para ciertos de sus coetáneos el aumento exponencial de la información impresa. Al revés: quien llevase a cabo la gesta que pergeñaba creía Hernando que sería considerado un héroe. ¡Un héroe! Casi como su padre, pensaba... Porque a estas alturas ya sabrá el lector que Colón no es un apellido inadvertido.

Hernando era constructor de bibliotecas, diplomático, cartógrafo... trabajaba en una enciclopedia geográfica, preparaba un diccionario de latín y quizás estaba inmerso en la labranza del primer jardín botánico del mundo. Quién sabe. Y, en medio de tanta ocupación, todavía sacaba tiempo para ser uno de los mayores biógrafos de un padre del que no debía ser hijo. Vástago ilegítimo del conquistador, las andanzas de Hernando son las de Cristóbal. Una complicada y fascinante relación de la que quedó constancia en sus escritos tras acompañarlo en multitud de sus viajes. Hernando lo espiaba desde la envidia y la admiración. Y mientras uno soñaba con cambiar la comprensión de su era circunnavegando el mundo, cosa que nunca logró, otro pensó que la persona que aglutinara toda la información del universo obtendría un poder descomunal. El poder lo determina todo y Hernando buscaba responder a cualquier pregunta sin respuesta, pero no para satisfacer una pulsión intelectual, sino porque la información, ya entonces, era poder. Esto evidencia que la suya no era, solo, la meta de un erudito. Su interés no nacía del contenido, sino de la pretensión de controlar el flujo de la información. Pero, paradojas de la vida, murió anónimo con su proyecto arrancado y su legado lapidado mientras su padre sobrevivió con el suyo frustrado.

Sus escritos sobre Cristóbal Colón son un intento de salvar al progenitor que idolatraba del olvido, creando una figura heroica que el mundo también debía venerar. "Está lejos de ser objetivo" pero ello no implica, explica Wilson Lee, "que la información de la biografía no sea verdadera". De hecho, su testimonio es una fuente de incalculable valor para comprender las verdaderas motivaciones de Colón, aunque Hernando decidiera guardar silencio sobre "muchas cosas que minarían la heroica historia de su padre".

Eso sí, aclara el historiador, aunque "las atrocidades cometidas en nombre del imperio no deben ser ignoradas ni olvidadas", no pueden atribuirse directamente a Colón, más inmerso en la circunnavegación que en la conquista. "Ciertamente cometió actos terribles, pero el genocidio de los pueblos nativos" no deriva de sus actos. "Colón [Cristóbal] no merece ni la admiración incondicional ni el odio profesado".

El Mundo 

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