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Edición del 19 / 07 / 2019
                       
13/06/2019 08:34 hs
Día del Escritor

Tumba

Río Cuarto - 13/06/2019 08:34 hs
En el día del escritor, un cuento del encuentro entre dos hombres, uno en la tumba y otra en la búsqueda de la alquimia de la inmortalidad. 
Se me hace cuento que una mañana estuve ahí, en Ginebra, en esa ciudad de corazones ausentes.

Está tan sola la tumba. El hombre.

Vuelan algunos pájaros negros, saltan de rama en rama entre los árboles, recorren los sepulcros, mandan en el cementerio. Es lo primero que vi, pájaros negros.

Es pequeño el Cementerio de los Reyes, así se llama.

Y ahí está.

Antes de encontrar el lugar, caminé por Ginebra desorientado, con mi inglés teveciano, y con el apuro por no perder el autobús. El elegante taxista al que pregunté, mintió y dijo: “te llevo, te cuesta veinte euros, estamos a media hora”.  Dudé y seguí preguntando y gracias a una mujercita  tan cortés, descubrí que estaba a seis cuadras, ahí nomás. En menos de cinco minutos llegué al sitio donde descansa Borges. Lo maldije al taxista, cagadores hay en todos lados, pensé. En Balvanera, en una noche lejana, a este tipito suizo, tendría que haberlo ajusticiado Jacinto Chiclana. A veces hacen falta los hombres altos y cabales.

El encargado del lugar, un gordo pelilargo, no sabía quién era Borges. Insistí hasta que sacó un plano y allá, a cien metros, a la derecha del camino central, encontré la tumba del ilustre escritor.

 Emocionado, leí algunas frases de la roca que domina la tumba, leí unos pocos mensajes de visitantes argentinos garabateados en pequeñas piedras y luego me detuve, sentí recelo de levantar la voz, de hacer ruido, de moverme, de caminar. Me quedé pensando en sus relatos, en su temática recurrente, en sus sueños, en sus metáforas, sus laberintos, sus espejos…

Tengo la inmensa deuda de no haber ido al teatro Municipal cuando vino a Río Cuarto. Eran otros días, tiempos frenéticos que me impedían ver las palabras de festejo, porque leer a Borges, con los años lo supe, es un festejo.

No hay certeza sobre el deseo de Borges y la decisión de sepultarlo en Suiza. Lo real es que se casó  con María Kodama dos días antes en Paraguay y viajó a Ginebra, allí murió a las pocas horas de su arribo. En esta ciudad  cursó el colegio secundario (¿Lo ven? es un flaco pálido, usa lentes, tímido, muy peinado y prolijo).

Camino por los senderos laterales, es tan minúsculo el cementerio, invadido por la nostalgia, por el recuerdo de una profe del secundario que me “hizo conocer” al Borges poeta. En el recorrido también encuentro la morada de Jean Piaget, aquel autor de la Seis Edades del Niño o algo así, perdón por la imprecisión.

Me voy rápido, me duele el pecho, a veces los olvidos, la soledad y el desconocimiento se somatizan en esa parte del cuerpo, pero tratándose de Borges hay que admitir que "Todos caminamos hacia el anonimato, sólo que los mediocres llegan un poco antes".

Borges está solo, no hay visitas y seguramente nadie osaría pedir el traslado del cuerpo a Buenos Aires. El viejo nunca fue de negociar sus incorrecciones políticas y eso en esta parte de Sudamérica no se perdona. "Para mí la democracia es un abuso de la estadística. Y además no creo que tenga ningún valor. ¿Usted cree que para resolver un problema matemático o estético hay que consultar a la mayoría de la gente?". Creo que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos”. Borges en estos días sería un troll impertinente.

Ante tanto ostracismo, queda el consuelo de leerlo, de transitar sus laberintos y conformarse con una voz que en medio de la oscuridad me digo, me dice:  “Nunca murió Borges, lo juzgo tan eterno como el agua y el aire”.

Dejo el cementerio, ojeo la hora y mientras pienso en la muerte, me acuerdo de otra frase del maestro: ”¿De qué otra forma se puede amenazar que no sea de muerte? Lo interesante, lo original, sería que alguien lo amenace a uno con la inmortalidad”.

Me apuro, el transporte no espera más del límite previsto. Hay mucho viento en Ginebra, en mi mochila llevo un libro de Filloy. Don Juan decía que  Borges para ser perfecto tendría que haber ido alguna vez a los prostíbulos.

Subo al colectivo, busco mi asiento, y  rememoro una definición cumbre: “La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”.

El chofer pone primera. Dejamos Ginebra y me acuerdo del taxista, lo puteo y luego sí, emocionado, giro el torso y doy la última mirada al cementerio donde por un rato volví a vivir…

RUBEN O. LUCERO
 

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13/06 - 17:21 hs
Juan | Muy buen pasaje Rubén! Te felicito.
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