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01/10/2018 08:43 hs

'La Cuca', primera cordobesa condenada a perpetua por crímenes de lesa humanidad

Argentina - 01/10/2018 08:43 hs
Un libro relata la historia de Mirta Graciela Antón, la policía acusada de los peores delitos cometidos durante la última dictadura de Argentina.
El horror argentino durante los años 70 sigue mostrando pliegues casi desconocidos, como el de Mirta Graciela Antón, la única represora condenada a cadena perpetua en América Latina. En Chile, sólo una mujer cumple una sentencia de diez años por violaciones a los derechos humanos, mientras que en Argentina cuatro policías, una funcionaria del Servicio Penitenciario y 23 civiles fueron juzgadas entre el 2006 y el 2017. Solo dos se beneficiaron con la absolución. A las demás les aplicaron condenas no mayores de los seis años, salvo la ex policía María Eva Aebi, quien recibió una pena de 24 años de cárcel.

Pero nada ha provocado más espanto que Antón, la policía de la provincia de Córdoba que pasará hasta el último de sus días entre rejas por haber cometido 211 delitos: 73 privaciones de la libertad, 76 imposiciones de tormentos agravadas, 56 homicidios calificados, 2 imposiciones de tormentos seguidos de muerte, una tentativa de homicidio calificado y tres abusos deshonestos agravados. Sus víctimas la apodaron con el nombre popular de los inséctos hemimetábolos: cucaracha, o Cuca.

"Matar le daba placer. Era la perfecta asesina", dijo Charlie Moore, quien estuvo detenido seis años. "Todos le temían", reconoció Graciela Olivella durante el juicio que terminó con su condena. "Me retorció los pezones y me tiró agua caliente para que abriera las piernas y los policías me pudieran violar", dijo Gloria di Rienzo. Los que sobrevivieron para contarlo, dicen que se reía mientras ejercía la violencia sobre los cautivos. A veces bailaba sobre ellos. Era la encargada de dar el tiro de gracia cuando otros uniformados titubeaban. Y hasta robaba objetos de las casas de los desaparecidos.

PERVERSIÓN UNISEX

“El mal y la perversión no tienen género”, sostuvo Ana Mariani, la autora del reciente libro La Cuca. Mirta Graciela Antón, la única mujer sentenciada a cadena perpetua por delitos de lesa humanidad.  Mariani la vio por primera vez durante el megajuicio por las atrocidades perpetradas en Córdoba bajo el mando del general Luciano Benjamin, el Chacal, Menéndez.

Era la única represora entre decenas de imputados. La recuerda todavía "impecable, con su pelo teñido y prolijamente peinado, sus manos cuidadas y sus uñas pintadas". La Cuca miraba desafiante a quienes presenciaban las audiencias y a veces lanzaba carcajadas cuando escuchaba que los testigos hablaban de sus torturas.

La entrevistó cinco veces en la cárcel. Su madre, le contó, había sido cantante vocacional. Su padre tocaba el piano pero luego se hizo policía, como su hermano. Ella, en cambio, quiso estudiar psicología, pero al final se inclinó por la vocación familiar. En 1974, cuando se desata la violencia que desembocaría en el golpe de Estado y el plan sistemático de desapariciones forzadas, dos años más tarde, Antón entró en la policía de Córdoba, una de las provincias más convulsionadas. Vestir el uniforme fue un permiso para la barbarie.

"Cuando se paraba delante de mí, me pisaba los testículos con los tacos", recordó Humberto Vera, detenido aquel 74. Pronto la Cuca se alistó junto con su hermano en el Comando Libertadores de América, el grupo parapolicial que antecedió a las patotas de la dictadura. "Eran bestias salvajes", según Moore.

EL CÓMO

El último día en libertad de la Cuca fue a finales de octubre del 2009, cuando intentaba ejercer su voto en las elecciones legislativas. Toda una paradoja en el camino que se trazó la Argentina para alcanzar la verdad y la justicia. Siete años más tarde la condenaron. Cuando Mariani fue a verla a la prisión, Anton le dijo que "extrañaba" al exdictador Jorge Videla. "Conmigo era un caballero", dijo.

Al temido Menéndez lo elevó a la altura de un prócer: "Conmigo era un caballero".  Frente a la periodista se declaró "inocente de todo". Se quejaba de tener que ir de una cama a la silla, día tras día. "Ni un perro soportaría esto", le dijo a Mariani. En el prólogo de su libro, la autora convoca al lector, antes de sumergirse en esas páginas que estremecen, a formularse luego la pregunta de cómo fue posible? que ocurriera lo que ocurrió. La respuesta sigue siendo escurridiza.

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