La detección de una enfermedad neurodegenerativa transforma por completo la realidad del paciente y de su entorno cercano. El diagnóstico se vive como un proceso de duelo, donde la persona experimenta la pérdida de su autonomía y de su imagen, una situación que suele estar atravesada por la tristeza y la depresión.
El psicólogo Alexis Alderete detalló el profundo impacto emocional que genera el Parkinson a partir del momento en que se confirman los primeros síntomas. El profesional explicó que el proceso afecta directamente el rol que ocupa el paciente en su familia y en sus círculos sociales.
De acuerdo con el especialista, el cuadro clínico se vive como un duelo, una depresión. "Es la pérdida de la emisión de la hormona de la dopamina. Esto es el placer. Es una persona que está pero no presente del todo", señaló Alexis Alderete.
El proceso de aceptación y el rol de las familias
El abordaje de la enfermedad requiere comprender que el diagnóstico representa un quiebre, pero no significa que el paciente deje de ser sí mismo. Con un tratamiento adecuado y un acompañamiento interdisciplinario, es posible prolongar y mantener una buena calidad de vida para el afectado.
Para evitar que los efectos se vuelvan rápidamente incapacitantes, resulta clave la observación temprana de las primeras manifestaciones físicas. El psicólogo remarcó que existe una mayor prevalencia de la enfermedad en los hombres y que suele haber una resistencia inicial a aceptar la asistencia externa.
"La persona tiende a ocultarlo, a taparse la mano por vergüenza. La persona tiene que aceptar que está atravesando una enfermedad, ir al médico y aceptar el acompañamiento terapéutico tanto para sí mismo y para la familia", afirmó Alderete.
Apatía y pérdida del disfrute cotidiano
La disminución en la producción de neurotransmisores esenciales como la dopamina y la serotonina —vinculadas al placer y la felicidad— altera de forma directa las capacidades cognitivas y anímicas. Esta alteración química provoca que los pacientes pierdan de manera paulatina la capacidad de disfrutar de las actividades cotidianas más simples.
La rutina diaria se ve afectada por la aparición de la apatía y la tristeza. Actividades comunes como preparar la comida, mirar un partido de fútbol o asistir a eventos sociales con compañeros quedan relegadas debido al desgano y al aislamiento.
Asimismo, el profesional describió otro rasgo característico en el plano físico y expresivo de la enfermedad: la hipomimia. Esta condición se manifiesta como una notable rigidez en el rostro, lo que genera que la cara del paciente no logre expresar de forma clara sus rasgos faciales ni sus emociones, tales como la alegría, el enojo o la tristeza.
El impacto de las pantallas y el entorno digital
El uso excesivo de los dispositivos móviles fomenta que las personas abandonen los espacios tradicionales al aire libre y los hábitos como la lectura o el deporte. La búsqueda constante de estímulos a través de las notificaciones puede derivar en conductas adictivas complejas de revertir.
En este sentido, la pérdida de capacidades cognitivas y de concentración se vincula con el desplazamiento de actividades fundamentales para la vida diaria.