Los vínculos cercanos como fuente de felicidad en la vejez
En el marco del Día del Niño, vale la pena detenernos a reflexionar sobre un fenómeno que, aunque muchas veces pasa inadvertido, dice mucho sobre cómo tratamos a las personas mayores: el habla infantilizada. Se trata de un tipo de comunicación en el que, consciente o inconscientemente, usamos un tono elevado, palabras simples, frases cortas y términos exageradamente cariñosos como “cielito”, “tesoro” o “mi amor”, al dirigirnos a adultos mayores.
A primera vista, podría parecer un gesto de afecto. Sin embargo, este hábito es una de las manifestaciones más comunes del edadismo —la discriminación basada en la edad— y transmite un mensaje claro: “no creo que puedas entender o decidir por vos mismo”.
Más que un mal hábito: una forma de discriminación
Infantilizar a las personas mayores no es inocente. Significa tratarlas como si fueran niños, negando su autonomía, experiencia y dignidad. Este patrón de conducta se apoya en prejuicios sociales que asumen que, con la edad, todas las personas pierden capacidades físicas o cognitivas, algo que en realidad depende de cada individuo y no solo del paso de los años.
El impacto no es menor: este trato puede minar la autoestima, hacer que la persona se sienta incapaz o inútil, y afectar su salud emocional. Peor aún, refuerza estereotipos que pintan a la vejez como sinónimo de fragilidad y dependencia.
Cómo se ve en la vida diaria
Los ejemplos están por todas partes:
- Usar un tono condescendiente o exageradamente dulce, como si se hablara con un niño pequeño: “¿Cómo está mi abuelito hermoso hoy?”
- Tomar decisiones por ellos sin consultarlos: elegir qué van a comer, qué actividad van a hacer o incluso qué ropa usar.
- Llamarlos “niños” o “abuelitos” de manera constante, incluso en contextos donde no es necesario y que los colocan en una posición de inferioridad.
Estas actitudes, aunque a veces surgen de la intención de cuidar o proteger, terminan teniendo el efecto contrario: les quitan voz y espacio para decidir sobre su propia vida.
Romper el mito: los mayores no son “como niños”
Comparar a los mayores con niños es una idea reduccionista y equivocada. Si bien algunas personas pueden requerir ayuda o cuidados especiales, eso no anula su historia, su independencia ni su capacidad de decidir. Cada adulto mayor es un individuo con un recorrido de vida lleno de aprendizajes, habilidades y deseos propios.
Es momento de cambiar el enfoque: en lugar de “protegerlos” como si fueran frágiles por naturaleza, debemos construir una sociedad que los reconozca como miembros plenos, con derecho a opinar, decidir y vivir su vejez con dignidad.
Un ejercicio de empatía: famosos y trato infantilizado
Imaginemos por un momento que figuras como Mirtha Legrand, George Clooney o Cecilia Roth recibieran, en entrevistas y actos públicos, preguntas con diminutivos y un tono como el que usamos con un niño: “¿Y cómo está mi dulce viejito hoy?” o “¿Se portó bien?”. No solo sería ridículo, sino irrespetuoso. Su trayectoria, talento y lucidez serían invisibilizados por una forma de hablar que los coloca en un papel que no les corresponde.
Si nos incomoda pensarlo con personalidades famosas, deberíamos preguntarnos por qué lo toleramos —o incluso lo practicamos— con personas mayores de nuestro entorno.
El desafío social
Para erradicar el habla infantilizada, necesitamos reconocer que el edadismo está presente en gestos cotidianos y que el respeto no pasa solo por las intenciones, sino por las palabras y el trato. La vejez es una etapa más de la vida, tan válida como cualquier otra, y merece el mismo reconocimiento.
Desde La Quinta Centro residencial para mayores, trabajamos activamente para que los mayores sean tratados con el respeto y dignidad que merecen. Nada complejo…como nos gustaría ser tratados.
En este Día del Niño, la reflexión es doble: celebremos a los más pequeños, pero no olvidemos que los mayores no necesitan que les hablemos como si lo fueran. Necesitan que los escuchemos, que los consultemos y que valoremos todo lo que aún tienen para aportar.