Santa Ágata
Edición del 25 / 04 / 2019
                       
22/03/2019 16:13 hs

La película que el espectador controla con la mente

- 22/03/2019 16:13 hs
¿Se imagina que pudiera modificar una película mientras la ve? El director Richard Ramchurn lo ha hecho posible con 'The moment', un filme que cambia según las ondas cerebrales del espectador. Hay 18.000 millones de versiones posibles
Hay un festival de cine en el que el verdadero protagonista es el cerebro. Durante el Brain Film Fest - Premi Sole Tura se proyectan películas sobre enfermedades relacionadas con el cerebro -algunas de ficción, otras documentales o de animación-, sobre lo que sabemos de él y lo que desconocemos, sobre sus debilidades y sus capacidades. La edición de 2019 de este festival internacional impulsado por la Fundación Pasqual Maragall comenzó el 14 de marzo en Barcelona y concluyó el martes en Madrid con la proyección en el Espacio Fundación Telefónica de The moment, un corto dirigido por el británico Richard Ramchurn que le da una vuelta al concepto de tecnología aplicada al cerebro.


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Tras dirigir en 2015 The disadvantages of time travel (las desventajas de viajar en el tiempo), vuelve a ceder parte de la labor creativa a la audiencia.

¿Y si el espectador tuviera el poder de controlar la película a través de su mente? Richard Ramchurn lo ha hecho posible con una interfaz -unos auriculares con sensores- que se coloca en la cabeza de uno de los espectadores para captar su actividad cerebral.

Dependiendo de sus niveles de atención, lo que se proyecta en la pantalla va variando, de modo que las posibilidades son casi infinitas. Nos cuenta el director que en este corto de 22 minutos de duración hay 18.000 millones de versiones posibles. Y esto es así porque el contenido se puede cambiar cada seis segundos a lo largo del filme.

¿Cómo de diferentes son las distintas versiones? Para comprobarlo, dos periodistas de EL MUNDO se colocaron los auriculares y dirigieron con sus ondas cerebrales la película. Ésta fue su experiencia.

SI NO LE GUSTA, NO PODRÁ ECHARLE TODA LA CULPA AL DIRECTOR

Por Teresa Guerrero

Es posible que dentro de unos años, cuando vaya al cine y no le guste una película, ya no pueda echarle la culpa a sus creadores. O al menos toda la culpa. Imagínese que es usted el que va modificando con su mente lo que se proyecta en la pantalla. Pues bien, la tecnología para que esto suceda ya está disponible y ayer la probamos.


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Mi compañero Luis Martínez y yo fuimos a ver The moment, un corto que es controlado por la mente de uno de los espectadores a través de unos auriculares con sensores cerebrales.

Dice su director, Richard Ramchurn, que no hay una versión terminada de la película. Para que la proyección comience es imprescindible que una persona la active con sus ondas cerebrales. Si no, no hay nada. La mente de esa persona es, por tanto, la que marca lo que los demás ven en función de sus niveles de concentración.

Como cada versión es distinta, quisimos visionar dos veces la película. Nos preguntábamos hasta qué punto cambiaría, si nuestras películas serían muy diferentes, si habría personajes o diálogos que sólo aparecerían en una de ellas o si tendrían un final distinto.
Primero fue Luis el que se colocó los cascos, de modo que lo que todos los que estábamos en la sala veíamos en la pantalla era la película customizada por sus ondas cerebrales.

Mi compañero Luis Martínez y yo fuimos a ver The moment, un corto que es controlado por la mente de uno de los espectadores a través de unos auriculares con sensores cerebrales.


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Dice su director, Richard Ramchurn, que no hay una versión terminada de la película. Para que la proyección comience es imprescindible que una persona la active con sus ondas cerebrales. Si no, no hay nada. La mente de esa persona es, por tanto, la que marca lo que los demás ven en función de sus niveles de concentración.

Como cada versión es distinta, quisimos visionar dos veces la película. Nos preguntábamos hasta qué punto cambiaría, si nuestras películas serían muy diferentes, si habría personajes o diálogos que sólo aparecerían en una de ellas o si tendrían un final distinto.
Primero fue Luis el que se colocó los cascos, de modo que lo que todos los que estábamos en la sala veíamos en la pantalla era la película customizada por sus ondas cerebrales.

Mis ondas cerebrales están modificando al parecer lo que aparece en la pantalla, pero no soy consciente de ello. Yo no estoy haciendo nada en realidad, ni mis pensamientos se plasman en la pantalla. Es todo mucho más sutil, como si las ondas cerebrales fueran un flujo de energía que activan una de las muchas escenas posibles ideadas por el director. Comparando las dos versiones, coincidimos en que la segunda es más narrativa que la primera, con menos recreaciones por ordenador. O quizás se deba simplemente a que la he visto dos veces. Eso sí, de qué va la película nos sigue pareciendo un enigma.

EL DÍA QUE TODAS LAS PELÍCULAS SEAN LA MISMA

Por Luis Martínez

«El entretenimiento se eleva a un nuevo paradigma, a una nueva fórmula del mundo y del ser. Para ser, para formar parte del mundo, es necesario resultar entretenido [...]. La realidad misma parece ser sólo un efecto del entretenimiento». Así razona Byung Chul-Han nuestra aversión a día de hoy al aburrimiento. No es ya simplemente una cuestión de gusto. Es inifinitamene más grave, es un problema ontológico. Lo aburrido no existe. No es. No está claro que el realizador Richard Ramchurn sea un ávido lector del filósofo alemán-coreano, pero algo hay.

Uno se sienta, se ajusta el aparato al occipucio (una pinza atrapa el lóbulo de la oreja), sintoniza las ondas cerebrales (si las hubiere)y recibe una advertencia del director: «Esto no es Bandersnatch».

Es decir, aclara, no se trata de elegir nada, no es una película multiaventura como el capítulo ideado por Charlie Brooker para Black mirror con sus cinco finales posibles. The moment, el cortometraje de 22 minutos, responde teórica-mente él sólo cada seis segundos a cualquier cambio de nuestro nivel de atención. Eso significa que la película ofrece 18.000 millones de versiones posibles. Como en el río de Heráclito es imposible sumergirse dos veces en la misma película. Y todo por exorcizar para siempre el demonio del aburrimiento. Y todo para simplemente ser.

La película cuenta, o algo parecido, la historia de una mujer perseguida. Dividida en tres actos (The moment, Exile y Reunion), ofrece un extraño viaje no tanto al fondo de la mente como a lo más profundo de un escenario futurista y distópico. Allí unos individuos encuerados y con modales discutibles corren detrás de la que parece ser la única esperanza para todo eso. Sí, el argumento les parece confuso, en realidad lo es más.

La teoría dice que la versión vista por mí, además de distinta, tendría por fuerza que resultarme mucho más entretenida que cualquier otra en el preciso instante del visionado. No en balde, por cada descenso de atención, cambia el plano. Pues bien, contempladas dos alternativas completas y diferentes (la propia y la de al lado) no hay manera de admitir nada más que su diferencia. Ni mejor ni peor.

¿Quiere eso decir que no funciona? Tampoco hay que exagerar. The moment es alérgica a cualquier tipo de refutación. Ramchurn sólo garantiza la mejor película posible en el momento mismo de la proyección. Ni antes ni después. Lo dicho, siempre cambia. Por otro lado, la máquina no lee los deseos. Simplemente pulsa el interruptor en cuanto el porcentaje de nuestro interés decrece.

En su película anterior, The disadvantages of time travel, incorporaba otros posibles estímulos como el parpadeo. En este último caso, la película alejaba de sí toda intención narrativa. Eran sólo impresiones. Quizá, un paso más allá, sea imaginable un futuro no tan lejano en el que ante el mínimo amago de aburrimiento o desagrado cambie incluso la línea narrativa. Una leve alteración y adiós al final de Seven; otra y cuidado que no desaparezca entera Zabriskie Point.

Y así, sólo queda por averiguar cuándo incorporará Netflix este dispositivo a su algoritmo. Cuando se acabe el aburrimiento, todas las películas serán la misma.

Fuente: El Mundo

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