El oso y la gaviota
Edición del 16 / 08 / 2018
                       
07/02/2018 10:51 hs

Instantes y barreras

Río Cuarto - 07/02/2018 10:51 hs
Historias que derriban barreras y que visibilizan las diferencias que no deben obstaculizar encontrarnos. 
Ella vivía con sus padres y sus hermanos en una casa amplia con un hermoso jardín lleno de flores y una pileta de natación, a cuarenta minutos de viaje de la Capital Federal. Siempre ayudaba en las tareas domésticas, iba a la escuela.

Luego de muchos años de estudio, se recibió de Nutricionista y trabajó en un comedor para adolescentes de la calle a quienes les enseñaba a cocinar. Ella era muy feliz y contagiaba esa felicidad a todos.

Un día sintió algo raro en su cuerpo. Consultó al médico quien le dio un pronóstico no muy alentador, porque quedaría en sillas de ruedas para toda la vida. Entre la sorpresa y la desesperación se aferró a sus creencias para salir adelante. La familia la apoyó en todo, aunque comprendían poco. Dolor, bronca y depresión durante varios años rondaron sus corazones.

Dudas que no encontraban respuestas. Ilusiones deshechas. El hombre que la amaba, la abandonó. Sentía miedo al futuro en una sociedad cruel que no aceptaba lo diferente. Pero sin darse por vencida, decidió salir de la cama y aceptar sus “nuevas piernas” para movilizarse en una ciudad turbulenta, que nunca dormía y siempre juzgaba. No había rampas, ni autos adecuados. Los tratamientos resultaban solo promesas que ilusionaban sin resolver nada. Había educación de clases sociales, pero no sobre lo diferente que era considerado “raro”.

Bajaba y subía sus “nuevas piernas” para sentarse en un taxi. Acompañada por su hermana o su madre en un comienzo iba a todos lados, ignorando la frialdad de algunos que le cerraban la puerta del comercio para no pasar vergüenza. Pasaron varios años hasta que compró un auto preparado para sus dificultades y comenzó su nueva vida con un poco más de independencia. Sin embargo, nunca imaginó a dónde el destino la conduciría.

Era una tarde bastante transitada. Ella quería salir de compras,  pero el auto se quedó estacionado en medio de la calle. Algo inexplicable sucedería: el amor entraría en su vida. Un hombre se le acercó en sillas de ruedas a preguntar qué le pasaba y esa sola pregunta cambió el destino de ambos para siempre.

Él era mecánico de autos. Allí comenzó una relación que hasta hoy perdura. Se casaron, (punto seguido) Ella bailó el vals sostenida por los bailarines como una niña en brazos. La casa se diseñó a medida para que nada estorbara a la pareja. Criaron con mucho amor a sus dos hijos, quienes hoy ya son profesionales.

En la actualidad, van a todos lados juntos. Las miradas no son prejuicios inhibitorios ni puertas de hierro para traspasar. Muchos se preguntan sobre su rutina, otros no la creen. El verdadero sentimiento derriba todos los muros, incluidos aquellos imaginarios y creados por la ignorancia.
 
Por Viviana Saino

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